Hoy el día empezó bien, madrugué más de lo habitual y tuve mucho menos sueño que normalmente. La cosa pintaba bien. Tras los quehaceres matutinos me fui a mi facultad a cumplir con algunas obligaciones estudiantiles. Por el camino pillé un atasco de mil pares de narices, pero aún así llegué a tiempo. Incluso pude ver a los pobres estudiantes que estaban deseando hacer el selectivo. Los vi en otras facultades, claro, porque la mía está en el
culo del mundo y no los hacen ir hasta allí.
Es curioso, como dice mi
hermano, los
examinandos manifestaban un estado cuántico, y no era muy posible decir donde estaban exactamente.
Cuando acabé en mi facultad fui hasta la facultad de derecho, donde se examinaba la gente de mi antiguo instituto (aún conocía a algunos, a pesar de ser dos generaciones menores) y recordar aquellos días en los que era yo el que estaba sacando el selectivo. Lo que mejor recordaba era ver, en el claustro del edificio (sí, un pequeño patio interior lleno de arbolitos y césped), lo que yo recordaba como una rata-lagarto cazando a un pájaro.
Hoy sólo había pájaros y una ardilla que, aburrida de estar confinada en un sitio tan pequeño, se entretenía trepando a los árboles y correteando por la hierba. Mientras observaba a la ardillita alguien salía del aula maldiciendo a los que pusieron el examen de gallego.
El año que viene todos ellos dirán que selectividad es fácil y que no vale la pena ponerse nervioso.